Motor LATAM

Facetas humanas y divinas del automóvil en Venezuela

Un paseo interesante por historias y anécdotas de todo tipo - Parte 3
JULIAN AFONSO LUIS


Entre las varias anécdotas y cuentos sobre el automóvil y su historia en Venezuela relatados por el especialista e historiador caraqueño Antonio Itriago en su ponencia de hace una semana en la biblioteca de la Fundación Herrera Luque, en Caracas, se encontraron testimonios y recuerdos que a su vez generaron otros que vale la pena revisar a lo largo de esta semana. 

A pesar de que en Venezuela el automóvil es una parte muy importante de la psiquis, del folklore contemporáneo y de la cotidianeidad, éste ha estado inexplicablemente alejado de cualquier tipo de manifestación artística perdurable.  Ello hace particularmente relevante el mérito del humorista Emilio Lovera, quien rompió ese paradigma con su conocida charada “El Carro de Drácula”.

Lovera, un brillante exponente venezolano en el género de “stand-up-comedy” (contar chistes e historias graciosas de pie frente a un micrófono) denominó “El Carro de Drácula” a un breve monólogo en el cual relata las peripecias de un ocurrente muchacho venezolano de barriada que, por quedarse más tiempo del debido en una fiesta en un pueblo del interior del país, tuvo que vivir en carne propia el temor a los numerosos espantos de la noche que ha creado el folklore nacionalista.  En ese monólogo, Lovera relató el modo en que el muchacho es alertado por un anciano habitante del lugar sobre el peligro de estar “por ahí” de noche, porque a esa hora el vampiro Drácula salía a pasear en su auto.  De allí el nombre “El Carro de Drácula”.

Lo risible del monólogo llega al final, cuando aquel muchacho no vacila en saltar abruptamente dentro del primer carro que apareció por la solitaria carretera con la intención de escapar del peligro.  Grande fue su sorpresa cuando, al abrir los ojos, se descubrió dentro de una vieja carroza funeraria sin conductor al volante.  Y grande es la carcajada del público cuando escucha el desenlace: la carroza funeraria se había averiado y su dueño la empujaba a duras penas, por lo cual apostrofó al muchacho con marcado acento colombiano “¡Qué carro`e Drácula ni qué ocho cuartos! ¡Bájese y ayúdeme a empujar que estamos accidentaos!” 

El brillante monólogo de Lovera trae el recuerdo de lo que otrora fue la pujante industria de pompas funerarias en el país.  En lo personal nos gustaría que tan brillante monólogo inspire a los más jóvenes a averiguar sobre la historia de las carrozas funerarias en Venezuela, pero lamentablemente la curiosidad intelectual de las actuales generaciones no pareciera dar para tanto.

Tampoco es que los historiadores y cronistas actuales hayan tenido mayor interés en apoyarse del brillante trabajo de Lovera para recordar “en serio” esa parte de nuestra historia contemporánea, pero sí han contribuido a popularizar el término aplicándolo a manera de modismo sobre cualquier carro con las características del que describe Lovera en su monólogo.

En realidad Lovera no hace mayor esfuerzo en describir al “Carro de Drácula” en su historia, más allá de decir que es una “carroza funeraria negra… antiquísima”.  El resto lo ha hecho el imaginario popular, demostrando lo vivo que todavía está en la memoria el recuerdo de esas formidables carrozas que por décadas prestaron servicio funerario en el país.

Recordaba el historiador Guillermo J. Schael que las primeras carrozas funerarias comenzaron a usarse en Caracas en los años ’20.  En este caso nos referimos a carrozas desarrolladas sobre chasis automovilísticos, porque en realidad el concepto en sí llevaba siglos desarrollándose sobre carromatos halados por caballos.  Lo que hicieron las empresas caraqueñas de pompas funerarias en los años ’20 del siglo pasado fue simplemente reemplazar el caballo con un chasis automotor, impulsado por un motor de combustión.

Muchas de esas pioneras carrozas fúnebres fueron hechas en Venezuela, gracias a tantos buenos artesanos carpinteros que por esos años abundaban en el país.  En el Museo del Transporte de Caracas todavía se preserva una carroza superviviente, desarrollada sobre un chasis Packard de finales de los años ’20.  En ella se perciben la carrocería de madera dura, los delicados detalles de torneado a mano, la pintura esmaltada de color blanco que se aplicaba a mano, el efecto “anfiteatro” que causaban los enormes cristales que complementaban la carroza y los vistosos detalles decorativos que ésta tenía, como cortinas y cenefas de tela.  Toda una pieza de artesanía de alto nivel al servicio de lo que por esos años era un respetado culto religioso.

Por esos años, es decir, hace un siglo casi completo, era todavía normal usar colores en las carrozas.  Las negras eran para las personas mayores y las de color blanco se reservaban para niños, señoritas vírgenes, religiosos y personas muy devotas o muy mayores.

El negocio de pompas fúnebres se desarrolló velozmente en Caracas y trascendió con igual rapidez hacia las principales ciudades del país.  Ya en los años ’30, ’40 y ’50, las originales carrozas funerarias hechas de madera torneada a mano fueron dando paso a artísticas carrozas hechas expresamente para uso funeral por afamados especialistas carroceros de EEUU o Europa.  Para entonces el marcial desfile funeral a lo largo de la ciudad se consideraba el mejor homenaje que se le pudiera dar a un recién fallecido y también el mejor consuelo que pudiera recibir su familia.  Además, se quedaba bien con Dios, que todavía por entonces era muy respetado por la inmensa mayoría venezolana.

“Las carrozas funerarias venezolanas son tan impresionantes que uno se muere por ser paseado en alguna…”, solían decir los jocosos de hace medio siglo y los humoristas.  Razón no les faltaba, porque aquellas carrozas realmente daban un espectáculo impresionante a la vista.  Difícilmente alguien en vida podría pasearse en un carro tan marcial y tan elegante…

Con el tiempo la cosa incluso mejoró porque las más importantes empresas de pompas funerales del país fueron, como es lógico, renovando su flota y ofreciendo esas artísticas carrozas usadas en venta al precio de cualquier vetusto carro usado.  Eso permitió en no pocas ocasiones que empresarios con menos capital pudiesen iniciarse en el negocio y que éste pudiera desarrollarse incluso en los barrios y barriadas más populares del país.  Todavía las carrozas se conservaban bonitas, pero tras varios años de uso comenzaban a generar el riesgo que los grandes empresarios querían evitar: que en pleno desfile funeral se quedaran accidentadas debido a su edad.

Por muchos años, las grandes casas funerales de Venezuela crearon su propio espectáculo dentro del espectáculo, habilitando enormes estacionamientos techados y bien asfaltados y decorados a fin de guardar en ellos las carrozas. 

Entrar en los grandes garajes habilitados por las más prestigiosas empresas funerarias de hace medio siglo, permitía al asombrado transeúnte disfrutar el espectáculo silente de ver diez o veinte carrozas fúnebres una alineada junto a la otra dejando un amplio corredor central.  Todas se presentaban primorosamente limpias y bruñidas, algunas de ellas con empleados bien presentados y hasta uniformados prestándoles algún tipo de cuidado.

A medida que el normal fenómeno de rotación de flotillas fue permitiendo a las empresas funerarias pequeñas adquirir carrozas usadas por las empresas grandes, fue normal ver antiguas casas caraqueñas (o de otras ciudades del país) habilitadas para ser usadas como funerarias y entonces las enormes carrozas se apretujaban en los antiguos jardines o patios cuando el negocio estaba cerrado.  Como es obvio, a medida que los espacios urbanos se fueron encareciendo en Caracas el asunto del monumental garaje para limosinas funerarias tuvo que redimensionarse hacia ámbitos más terrenales.

Por años, la marca predilecta de los empresarios fúnebres venezolanos fue Cadillac.  Ello, en parte, se debía a la gran tradición que la marca tenía en el país gracias a su prestigiosa historia en EEUU.  También se debía a que en Venezuela eran valoradas las mismas cualidades que en EEUU apreciaban quienes usaban Cadillac para crear carrozas: el estilo monumental, el prestigio de la marca, el silencioso funcionamiento, la gran calidad constructiva y una configuración mecánica con un gran motor V8 rebosante de par a bajas RPM y conectado a una suavísima transmisión automática que permitían a aquel mastodonte desfilar a baja velocidad sin problemas y sin recalentamiento durante el tiempo que fuera necesario.

Otras marcas norteamericanas como Packard u Oldsmobile fueron igualmente populares para hacer lujosas carrozas fúnebres, pero a la larga Cadillac se impuso como una referencia en el gremio y entre los clientes. 

Para transformar un sedán normal en una carroza, era necesario alargar la carrocería y usualmente el techo también era levantado, lo cual obligaba a encontrar un cristalero capaz de hacer parabrisas y cristales de mayor tamaño.   Pocos eran capaces de hacer esos trabajos en Venezuela, así que en la mayoría de los casos las carrozas se importaron.

A partir de los años ’70 fue cada vez más costoso adquirir un Cadillac modificado como carroza funeraria y ello hizo que las grandes empresas de pompas fúnebres comenzar a alargar lo indecible la vida útil de sus carros, remendándolos y reparándolos una y otra vez, cual taxi.  Toda una hazaña, considerando la poca disponibilidad de repuestos y mano de obra realmente especializada.

Con el tiempo, cuando comprar una carroza Cadillac se hizo prohibitivo, los empresarios comenzaron a solicitar transformaciones sobre vehículos más elementales como el Chevrolet Caprice, reemplazando las limosinas Cadillac para el servicio familiar por unidades Caprice o Conquistador.  En los últimos tiempos se han usado los vehículos minivan de tipo MPV, pero esa misma empresa que una vez tuvo capacidad para poner a operar ocho o diez limosinas Cadillac, hoy día malamente podrá tener en servicio uno o dos minivan, que obviamente no paran un minuto.

En los últimos años, los empresarios de pompas fúnebres en Venezuela han hecho todos los esfuerzos posibles por reducir costos y simplificar gastos.  Muchas de las otrora frecuentes funerarias pequeñas no han podido resistir y las grandes que logran hacerlo, lo hacen gracias a su larguísima tradición de servicio.

Todo lo anterior nos lleva a eso que hoy Emilio Lovera describe como “El Carro de Drácula”.  Una carroza negra, antiquísima, llena de kilómetros y a la cual el exceso de años de servicio con poca o ninguna oportunidad de llevar a cabo un correcto proceso de mantenimiento preventivo y correctivo ha confinado a las pocas que todavía quedan operativas en el país a tal estado patético, que muchas veces su uso depende del buen samaritano que empuje y que, de seguir las cosas como van, exigirán que hasta el muerto ayude.

En tiempos recientes, el término “Carro de Drácula” ha sido desempolvado para ser aplicado a una flota de antiguas limosinas y carrozas fúnebres que ahora usa una gobernación venezolana para - en teoría - fiscalizar empresas en busca de abusos comerciales contra los menos favorecidos, pero en la práctica imponen a quienes han dedicado toda una vida a prepararse y levantar una pequeña empresa a repartir el resultado de décadas de duro trabajo entre personas que han pasado esa misma cantidad de tiempo esperando cómodamente que un tercero garantice la prosperidad que desde los tiempos de Adán el propio Dios impuso a cada ser vivo ganarse con el sudor de su frente.

Obviamente los problemas del gremio no afectan igual a todos pero, en un país con tanta tradición funeral, resulta grotesco saber que la fastuosa ceremonia fúnebre de Hugo Chávez tuviera como punto focal una carroza funeraria que tuvo que venir importada ex profeso porque no había nada acá lo suficientemente presentable para un sepelio presidencial.  Imagine cómo será el asunto para una familia sin tantos recursos…

Peor aún… aun habiendo sido importada para el sepelio presidencial, la carroza facilitada con tanta amabilidad por una empresa colombiana, no pudo regresar normalmente a su país al no recibir sus propietarios las facilidades necesarias.  Para los funcionarios de aduana no pareció ser suficientemente notoria la razón por la cual se autorizó el ingreso de esa unidad al país en régimen de importación temporal sin esperar el tiempo necesario para que la burocracia aduanal generara los permisos necesarios. 

Estas cosas ocurren hoy en un país en el cual hace mucho tiempo y durante mucho tiempo, las carrozas fúnebres fueron una expresión más de progreso y folklore, antes que el modernismo de los tiempos actuales las rebautizara en nombre y obra como “Los Carros de Drácula”, haciendo reír con eso a numerosos niños y adultos a quienes - como mínimo - el chiste de Emilio Lovera ha debido haberles además despertado suficiente curiosidad como para saber quién fue Vlad “el empalador”.


Cuando Emilio Lovera creó su corto monólogo “El Carro de Drácula”
seguramente pensó en usar la risa como canal para hacer reflexionar
a los venezolanos sobre tantas cosas. Pero en los actuales tiempos
cada vez son menos los venezolanos que piensan y más los que se
dejan seducir por la risa fácil y el descompromiso. La imagen del
“Carro de Drácula” en Venezuela, considerando todo lo que ella implica,
debería hacer llorar. ¡No reír…!

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